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Tarantino y Once Upon a Time in Hollywood

Ya vimos la novena película del aclamado director Quentin Tarantino y te platicamos un poco sobre su cine.

Curtido en el rol de “L’enfant terrible” de Hollywood, y proveniente de una nueva ola de cine independiente estadounidense en los años noventa, Quentin Tarantino se convirtió rápidamente en uno de los realizadores más influyentes, gracias a su estilización en diálogo y forma, el uso de violencia extrema, además de los múltiples homenajes en pantalla; de cine italiano – desde el western operático de Leone y Corbucci a las violentas calles criminales de Fernando Di Leo– el cine de gángsters -del “noir” en América al filtro de la nueva ola francesa con Melville y Verneuil- y sin olvidar al cine de explotación y la serie-B, entre otros. Tarantino destila cada una de sus influencias y crea obras de tremendo efectismo. Parafraseando a Hitchcock, definitivamente sabe tocar a su audiencia como un piano.

Sergio Leone, director y guionista de películas como, “El bueno, el malo y el feo”, “Erase una vez en el Oeste”, entre otras.

¡El siguiente texto contiene Spoilers!

Hace algunos meses me pregunté porque ya no conectaba de la misma manera con sus últimas propuestas y creo que inicialmente lo atribuí a la edad. Uno avanza por la vida y gustos cambian, monumentos caen y el pasado resulta ahora anticuado y distante o simplemente cándido en su idealización. Pero luego me di cuenta de algo, de que el cine de Tarantino también había cambiado.

Para entender la teoría del cine de autor debemos ahondar en sus colaboradores. En el caso de Tarantino, nos enfocamos en aquellos que estuvieron ahí casi desde el inicio, la editora Sally Menke, su productor Lawrence Bender y las cabezas de estudio Harvey y Bob Weinstein.

Sally Menke.

En una entrevista, Tarantino tácitamente describe como en su primera película buscaba a una editora, por su naturaleza enriquecedora que pudiese acobijarlo a través del complejo proceso de edición. Esto revela mucho acerca de su instinto creativo y el rol de Menke en su obra en general. En la misma entrevista, ella describe cómo la labor de un editor es localizar las fallas y estar lo suficientemente cómodo para acercarse al director y enfrentarlas juntos. “No escribo con nadie. Escribo por mi cuenta, pero cuando edito, escribo con Sally”, expresó Tarantino para el DVD de ‘Death Proof’.

Menke falleció trágicamente en el 2010 debido a una ola de calor en el desierto de Los Angeles. ‘Inglorious Basterds’ fue su última película juntos.

En un artículo de Indiewire del 2016, se mencionan las conversaciones creativas entre Tarantino, Bender y Menke, además del patronato de los Weinstein, que lo arroparon desde la premier mundial de ‘Reservoir Dogs’ en el festival de Sundance de 1992. Bender partió creativamente después de ‘Kill Bill Vol. 2’, sin mucha explicación pública, pero en forma amigable (ahora que lo pienso, ¿podría la separación de Dalton y Booth en el último acto de ‘Once Upon a Time in Hollywood’ ser una evocación de Tarantino y Bender?). No me parece coincidencia tampoco que dicha ruptura haya dado lugar a un nuevo periodo artístico, el de la revisión histórica que ha formado parte de todos sus trabajos subsecuentes. Los escándalos de Harvey Weinstein, de los cuales Tarantino confesó que conocía de hace décadas pasadas y del cual mostró remordimiento por no denunciarlos, finalmente lo obligaron a buscar otro estudio. 

Mi primer roce con la autoindulgencia iracunda de Tarantino fue en ‘Django Unchained’, donde la cinta utiliza la imagen simbólica del director literalmente explotando en escena. Su primer borrador para ‘The Hateful 8’, famosamente filtrado en línea, lo llevó a casi a cancelar la producción por un berrinche contra alguien cercano a la producción. No me sorprendería que dicha filtración haya tenido un impacto en el guión final de esta cinta de más de tres horas de duración. También, su lenguaje elíptico y estilizado fue abrigando la noción de una narrativa cada más cómoda en su simpleza -los famosos actores y su sintaxis del lenguaje tarantinesco como claves reductivas de personaje.

En ‘Once Upon a Time in Hollywood’, su novena película, hay una decisión consciente de desvestir historia en favor de anecdotismo. Rick Dalton, exitoso actor de cine y televisión se encuentra en una crisis personal como una vieja gloria de la industria. Cliff Booth es su doble, asistente personal y amigo cuya mala fama en set le brinda mucho tiempo libre para vagar las calles de Los Angeles y eventualmente encontrarse con siniestras comunas hippies. Y luego está Sharon Tate… pero primero hay que hablar de los hombres.

Dalton y Booth son especímenes masculinos complementarios, uno ávido de validación y otro actuando como soporte incondicional. Ambos son capaces de gran violencia, pero en ningún momento alguno de ellos sufre por las consecuencias de sus acciones (aquí también dependemos de una problemática decisión moral de parte de la audiencia sobre sí Booth en verdad mató a su esposa). No es una visión machista como tal, pero si una visión masculina, que quizás apunte a una afronta a la sensibilidad moderna de corrección política. El hecho de que Dalton y Booth sean interpretados por dos de los actores más carismáticos de su generación es indicativo de la percepción heroica que Tarantino tiene sobre ellos. Especialmente en su secuencia final. Son estos hombres, embriagados e intoxicados, mediante su violencia, los que cambian el curso de la historia. Aunque solo la audiencia lo sabe.

Y luego está Sharon Tate.

Tate, en la vida real, fue una exitosa actriz de cine y televisión y modelo, casada con el celebrado director Roman Polanski, quien en el verano de 1969 fue asesinada por miembros de la secta Manson cuando tenía 8 meses y medio de embarazo. En ‘Once Upon a Time in Hollywood’, Tate es la encarnación viva de pureza y hedonismo -una “flower child” cuyo brutal arrebato representó la consumación de la inocencia y el arranque de una nueva época más cruda y menos idealizada en Hollywood. Es imposible escapar el hecho de que ella nunca es humanizada, sino representa una fantasía masculina.

Resulta evidente que Tarantino nunca iba a representar el asesinato de Tate en pantalla, el cual sería un acto de pésimo gusto, por lo que el revisionismo ocurre mediante su salvación. Contrario a ‘Inglorious Basterds’, donde el acto de matar a Hitler figura como una catarsis colectiva, aquí el cruel asesinato de miembros del clan Manson resulta en una vindicación más bien personal de Tarantino, el cual me parece un aferro a una falsa nostalgia. Su Hollywood, en un sentido formal, nunca existió.

En entrevistas recientes, he escuchado al director comparar ‘Hollywood’ con ‘Roma’ de Alfonso Cuarón y aunque entiendo la comparativa a nivel personal, Tarantino nunca nos adentra en una remembranza sino en una estilización única. Por casi dos horas, cada secuencia parece rehusarse implícitamente a avanzar la historia, como un conductor queriéndonos dar vueltas por la ciudad antes de llevarnos a nuestro destino. En cierta forma, esta es la película donde Tarantino menos quiere “entretener” a su audiencia (se rumora de una versión extendida para Netflix, la cual podría ser dividida en formato de miniserie).

La única sensación de narrativa es mediante los recursos del “voice-over” al inicio y durante su clímax para darnos algún tipo de semblanza con una historia. Y si el revisionismo es el objetivo final, creo que este no es suficiente para justificar su ritmo errático y glacial, por más enamorado esté Tarantino con sus creaciones.

Al final, ‘Once Upon a Time in Hollywood’ ha dado lugar a fascinantes análisis que me parecen mucho más provocativos que la película misma. Es la labor de un director, cuyos colaboradores actuales quizás no lo cuestionan artísticamente y cuyos acérrimos fans lo han colocado ya en un pedestal inamovible.

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